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Para todos los que me escriben al Formspring
y quieren saber que paso con lo que me preguntaron y si Yo les respondí.
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"El Beso De Un Vampiro"

Christian Summers era un chico normal que odiaba las matematicas, amaba los panqueques sobre cualquier cosa en el mundo y le gustaban las casas antiguas. Para él, su vida era perfecta hasta que conoció al promiscuo y muy popular Alexandre Grigori.
Un pequeño accidente en la que este le salva la vida y un encuentro, para no decir extraño, con un hombre desconocido; harán que Chris se pregunte ¿qué hay detrás de esas gafas oscuras y esa cara de ángel?. Sin detenerse a pensar en las consecuencias buscara respuestas a toda costa.
Muchos secretos por descubrir..
Muchas verdades por saber..
Y un amor que comenzara a nacer..
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03 enero 2013

El Beso De Un Vampiro | Capítulo 5 “Conversando bajo la lluvia”


Tuve un sueño en donde Alexandre Grigori, se convertía en una pantera negra con garras enormes. Bella pero peligrosa, me acechaba desde las sombras. Sus ojos brillantes como la noche no me perdían de vista ni un instante. Sólo el despertador me salvó del embrujo de esa mirada.

Desperté agitado por ese sueño. Entre al baño y me coloque enfrente del espejo. Cuando lo hice miro mi cuello y vi las marcas que el idiota de Grigori me había dejado. Lo maldije por lo bajo. Las escondí con un jersey de cuello alto; como estuvo lloviendo todo el día, no llamaría la atención.

Grigori no vino a clases ni ese día ni el siguiente. Nadie pudo saber exactamente qué fue lo que había pasado el día anterior en el Magnolia. Cuando me preguntaban, les di la misma versión que dieron mis amigos; que Alexandre estaba cerca de mí y por eso logro quitarme del camino. No podía creer que estaba mintiendo por él.

Por suerte la semana ya estaba acabando. El viernes ya acercándose la última hora, todo me daba lo mismo. Nada podía empañar mi buen humor. Nos habían devuelto el examen de matemáticas ¡y lo había aprobado… estaba salvado! Nada podía ser mejor.

El sábado prometía ser tranquilo. Clem iba ayudar a su abuela en el jardín todo el día y luego iría al Bronce a trabajar. Zak tenía que acompañar a su madre de compras y esta idea no lo hacía muy feliz que digamos. Roland y Taylor iban a echarle un vistazo al ordenador de Jake. Así que tendría el día para mí sólito  No es que me molestara la compañía de mis amigos pero había momentos en que un chico necesitaba tiempo a solas.

Se despejó el cielo al mediodía y la tarde seria calurosa por tratarse de finales de otoño. Cogí una manta, comida y un termo con mi té preferido, metí todo en la mochila. Decidí irme al lago a pasar el rato. Llevé mi libro de historia para avanzar en mi exposición sobre los templarios y La dama de blanco de Wilkie Collins. Comenzaría a leerlo cuando descansara.

Me puse cómodo a la sombra de uno de los árboles milenarios; no quería arriesgarme a sufrir de ampollas por mi problema con los rayos del sol. Cumplí mi propósito y dediqué horas a la exposición, pero cometí el error de empezar a leer el libro de Collins, hice una pausa para tomar té y comer algo para no morir inanición, ya después, al retomar la lectura nada en el mundo pudo separarme de ese libro. No podía soltarlo. Unas cien páginas más tarde gotas gruesa de agua provenientes del cielo comenzaron a caer y me obligaron a parar mi lectura. Tenía que recoger todas mis cosas rápidamente sino quería que se mojaran. Mire al cielo un momento y estaba de un triste gris plomizo.

Si volvía por donde había llegado me mojaría mucho, pero si atravesaba el campo por donde estaba la mansión Silvester y luego seguía por el bosque, los árboles me cubrirían de la lluvia y me evitarían quedar como pollo remojado, además así acortaría el camino. Cada vez llovía más fuerte así que comencé apresurar el paso. Sin embargo, a la altura de la mansión Silvester ya estaba calado hasta los huesos. Decidí que lo mejor sería que me resguardara en la baranda que rodeaba la casa.

Al acercarme a la gran mansión, me sorprendió ver una luz que parpadeaba en las ventanas ¿No estaba abandonada? pensé  Volvió a verse la luz esta vez pasando de una ventana a otra antes de desaparecer por completo en las sombras. Quizá la casa tenía nuevos propietarios o alguien se refugiaba como yo de la lluvia. Volví a ver la luz de nuevo. Parecía una vela. ¿Y si eran niños haciendo travesuras? Pronto sería Halloween. La idea no me hizo ninguna gracia; la casa era vieja, con suelos y techos de madera y aunque estaba abandonada, tenía muebles. Una vela era suficiente como para reducir esa preciosa mansión en cenizas.

Para asegurarme de que no fueran niños traviesos, me acerqué más y eche un vistazo; si le pasaba algo a la casa no me lo perdonaría. Era demasiado hermosa. Dentro reinaba un total silencio. ¿No son los niños muy alborotadores? Yo lo era de chico. Saqué mi termo de té para improvisar un arma. Lentamente y sin hacer ruido di la vuelta a la casa. Dentro estaba todo oscuro. Llegué a la ventana donde había visto la luz por última vez y miré por una ranura. Pude ver un sofá de piel. Una sábana blanca, que me imagino había protegido al mueble del polvo durante todos estos años, estaba tirada en el suelo. A la derecha, delante de la chimenea alcancé a ver una caja de manera y encima de esta estaba esa peligrosa vela. Se encontraba sobre un pequeño plato. Una corriente hizo temblar la llama. En el suelo había papeles y un par de libros. Vi alrededor de la habitación y no había nadie. ¿Quién podía ser tan irresponsable como para dejar una vela encendida y sola cerca de tantos papeles?

De vuelta a la parte delantera de la casa, intenté convencerme que no era asunto mío, pero esa casa me gustaba demasiado como para dejarla a la merced de un posible incendio. No iba a permitir que ningún irresponsable la quemara. Aunque nunca había entrado, siempre que estaba cerca de ella tenia una grata sensación de confort y añoranza, como si en alguna vida pasada viví en una casa igual, era un extraño sentimiento que me hacia sentir protegido de alguna manera. Entré con el termo en las manos, la puerta apenas hacía ruido. Me adentré a la casa, todo estaba en silencio y el suelo crujía a mi paso. Al final del pasillo vi la tenue luz de la vela entre penumbras. A la izquierda se entraba a la cocina y a la derecha a un gran salón. Los muebles estaban cubiertos por sábanas. Apenas había polvo en el suelo, o eso parecía. Vi un interruptor de luz, pero no me pareció buena idea encenderla, así que seguí mi camino en medio de la oscuridad hasta donde estaba la vela. No se oía ni a una mosca.

Quizá debería de haberme hecho notar, decir o preguntar ¿Hay alguien ahí? pero no me sentía del todo seguro. Apagaría la vela y mi iría. Quien fuera la persona que estuviera aquí solo se preguntaría si había sido el viento  nada más y si tenia algo de imaginación pensaría que la casa estaba habitada por fantasmas, lo cierto es que esa ultima hipótesis no quedaría fuera de lugar. Este lugar puede llegar a asustar con toda esta oscuridad.

En la sala aparte del sofá de piel, había dos sillones además de otro sofá mucho más pequeño, todos estaban cubiertos por sábanas blancas excepto uno que era de piel negro. Todos se encontraban colocados alrededor de la chimenea. Se podía notar que había sido utilizada, tenía restos cenizas muy reciente. La caja de manera estaba delante y la llama de la vela temblaba por la corriente de aire que se creaba por la chimenea. En el suelo, al lado de la caja, había un cojín de piel y libros desparramados. Nervioso, miré a mí alrededor. Los papeles que había visto en realidad eran de un bloc. Me acerqué hasta distinguir el título de los libros. Me agaché, incrédulo: biología, historia, el libro de matemáticas tenia una calculadora entre sus páginas, física y un ejemplar gastado; muy gastado, de El Retrato De Dorian Gray, este ultimo estaba plagado de notas que salían de las páginas como si fueran dientes.

-¿Qué diablos…? ¿Otra vez tú?
Di un salto del susto, me volteé con pánico. Mi mirada se cruzó con los negros ojos de Alexandre Grigori. No podía creerlo.
-¿Qué… qué estás haciendo tu aquí? -balbuceé.
Me llevé la mano al cuello sin pensarlo, incitado por el mal recuerdo.
-Deberes -gruñó-; ¿qué se te ha perdido por aquí?
-Yo… este -balbuceé dando un paso atrás-, ¿vives aquí?
Disimuladamente guardé el termo que había improvisado como un arma.
-¿A ti qué te parece? Claro que vivo aquí. –respondió irónicamente.
-¿Aquí? ¿Solo? –pregunté otra vez. Qué extraño. ¿Este lugar tenía calefacción, luz, agua corriente? Pensé.
-Sí, aquí, solo -respondió-; ¿qué se te ha perdido? Parece que eres aficionado a entrar en casa ajenas.
Su tono irónico me molestó y acabó con la mala conciencia que tenía.
-Vi la luz y, como pensaba que estaba abandonada -dije-, entré a ver quién andaba por aquí.
-Qué tu… -dijo perplejo y no continuó.
Ver a Alexandre con la boca abierta era algo que no iba a olvidar dentro de mucho tiempo.
-¿Estás loco? -exclamó de repente- ¡Te podrías haber encontrado con un perturbado! Como ese tipo detrás del Magnolia. ¿Es que no piensas?
Me quedé paralizado mirándolo, totalmente perplejo. Parecía que se preocupaba por mí. Espera ¡¿Él?! ¡¿Por mí?! Ahora sí lo había visto y escuchado todo y ademas entendía nada.
-¡No estás en tu sano juicio! -continuó furioso.
Respiré hondo.
-Me gusta esta casa -dije lo más tranquilo que podía-, haber si te entra en la cabeza. No quería verla arder solo porque un par de idiotas celebran una misa negra, nada más ¿entiendes? Y no me ha pasado nada ¿ves? no seas fanfarrón. ¿Dónde estabas cuando entré? Pudo haberse prendido en llamas y contigo adentro imbécil. –esto último la dije casi gritando.
-Te diré algo, aunque no sea asunto tuyo; estaba en la azotea comprobando que no hubiera goteras -respondió y me miró de arriba abajo-. Estás calado.
-Está lloviendo por si no te has dado cuenta -le informe con sarcasmo.
-¿Y que hacías afuera si estaba lloviendo?
-Estaba en el lago cuando empezó la tormenta –respondí con falso pesar-, y no me dio tiempo de llegar a casa ¡lo siento!
-No me digas que pensabas cruzar el bosque -dijo, y meneó la cabeza-. Está claro que eres un inconsciente y un idiota. Deja que te traiga una toalla.
Sonrojado, lo vi subir las escaleras. ¿Qué le había dado a ese ahora? ¿Y como sabía donde vivía?
Volvió con una toalla, un jersey y un par de tejanos negros, me lo dio todo y se volteó de espaldas para dejar que me cambiara. Que tonto pensé.

-Cuando acabe de llover te llevo a casa -dijo-. Si te quedan ganas de subirte a la moto, claro.

Me costó reaccionar, pero después de un momento asentí. Su atención me ponía la piel de gallina.
-¿Hay electricidad? -pregunté mientras me secaba el cabello con la toalla.
-Suele haber -dijo-, pero el jueves durante la tormenta anterior entró agua a la caja de distribución y hubo un cortocircuito. No tendré hasta que venga el técnico, pero como ya sabes, la oscuridad no es un problema para mí.
-¿Y agua caliente? -proseguí.
-Si lo dices para darte un baño, olvídalo. ¿Te falta mucho?
Miré por encima de mi hombro; seguía de espaldas, mirando por la ventana, lo más alejado posible de mí.
-Ya casi termino -respondí. Me quité la camiseta, me sequé rápidamente y me puse el jersey-, parece que quieres que me vaya.
-Y lo quiero, cuanto antes mejor -contestó sin dudarlo.
Ese chico no podía ser caballero y agradable al mismo. Sería demasiado para su cerebro de cavernícola. Me mordí la lengua, me quité los tejanos y me puse los suyos; me quedaban largos.
-Pero aún te voy a tener que aguantar un rato -dijo-, no parece que vaya a parar de llover. ¿Ya?
Se dio la vuelta y me miró, me dio un escalofrío. Destapó el sillón más cercano y me indicó que me sentara con un gesto forzado.
-Siéntate -ordenó saliendo de la sala-, ahora vuelvo.
¿Quién se habría creído que era? Ofendido por su autoritarismo busqué dónde colgar mi ropa mojada, pero acabé metiéndola en la mochila, rogando porque mis libros no se estropearan por la humedad. Descalzo, me puse a mirar por la ventana: seguía lloviendo a cántaros. Un ruido seco me distrajo de mis pensamientos, era Alexandre. Había traído más leña y estaba encendiendo el fuego. Nunca lo oí llegar. El fuego se reflejó en su cara, primero furioso y luego constante. Grigori permaneció frente a él. Agachado, con la cabeza baja y los ojos cerrados durante un rato. Cogió un par de troncos más y me miró. Yo bajé la vista y me fui a sentar en el sillón con malestar. Él se acomodó en el sofá, lo más alejado posible de mí. Me incliné y acerqué las manos al fuego para no verlo.
-¿Mejor? -preguntó tras un largo silencio.
-Sí -asentí-, gracias.
Gruñó y apartó algo que tenía a su lado; la madera pulida relució a la luz del lugar, era un violín; el mismo del Magnolia.
-¿Lo robaste? -dije sorprendido.
-¿Crees que alguien lo va echar de menos? -dijo molesto.
-Si alguien se da cuenta -le advertí ingenuo-, tendrás problemas.


-Si eso es todo por lo que tengo que preocuparme…-dijo encogiéndose de hombros-. ¿Quién se va a dar cuenta? A no ser que lo digas, claro -continuó despreocupado.

-No diré nada -dije meneando la cabeza.
Acarició la madera reluciente, debía haberse pasado horas limpiándolo.
-¿Por eso fuiste al Magnolia? ¿Para llevártelo? -pregunté.
-No sólo por eso. Tenía el teatro para mi solo, y la acústica es buenísima. No podía resistir la tentación, tenía que ver como sonaba.
-Te gusta tocar, ¿verdad?
-Sí -contestó mirándome de reojo.
-¿Dónde aprendiste hacerlo tan bien?
La conversación banal nunca había sido mi fuerte; él permaneció con los ojos cerrados.
-Mi padre me enseñó -dijo levantando la cabeza y mirándome-. Mi madre decía que el diablo en persona le había regalado el talento estando él en la cuna, y que yo lo había heredado.
Algo en su voz me provocó angustia.
-¿Viven por aquí tus padres? -pregunté.
-Están muertos.
-Lo siento -bajé la mirada, arrepentido por preguntar.
-No pasa nada -dijo-, hace mucho tiempo ya de eso.
Se hizo un silencio, apreté las piernas con mis brazos e intenté no mirarlo, pero me era imposible. Estaba pensativo, apretaba los labios. Le temblaba la boca. A la luz de la vela; sentí su mirada un par de veces, brevemente, pero la sentí. Afuera seguía lloviendo.
-¿Por qué me odias? -pregunté.
-Nunca dije que te odiara -respondió sin mirarme-, sólo quiero tenerte lejos.
-¿Y cuál es la diferencia? -hice un puchero, había pasado mucho tiempo desde la última vez que había hecho uno de estos, hasta ahora claro. Los había reprimido desde que entré a la universidad. No quería parecer infantil. Esto era realmente extraño.
-Una cosa tiene que ver con emociones y la otra con la distancia física -puntualizó examinándome con sus ojos negros-. Hay una gran diferencia.
Espero que no se haya dado cuenta de mi puchero…
-Entonces dime por qué no me quieres cerca de ti -dije con el corazón palpitándome con fuerza.
Sentí algo parecido a la desesperación oprimiéndome el pecho. Se inclinó hacia delante juntando la yema de sus dedos con los míos que estaban apoyados en el sillón, me miró con esos misteriosos ojos de brillo singular y de extraño color negro.
-Quizá porque es lo mejor para ti -dijo finalmente en voz baja, apartando la mirada y se alejándose de mí.
Se me hizo un nudo en la garganta. Me estaba rechazando y sin rodeos.
-¿Dices que es peligroso tenerte cerca? ¿Por qué? ¿Acaso tienes una enfermedad contagiosa? ¿Te persigue la mafia y estás en un programa de protección a testigos? - reí amargamente y no con burla, como en realidad quería-. Sé decidir lo que me conviene y lo que no, pero gracias por preocuparte de todas formas.
-No parece, sino, no estarías detrás mí.
-¡No estoy detrás de ti! -contesté.
Levantó una ceja y se quedó callado.
-¡Muy bien! -dije furioso-. Lo mejor será que me vaya a casa. No te preocupes, no te agobiaré más y ni te molestes en llevarme.
Le pediría a Ethan que viniera a buscarme. Tenía ganas de llorar, pero ¿por qué? Rebusqué en mi bolsa, pero no encontraba mi móvil. Se me cayó el libro de Collins al suelo.
-¡Maldición! -exclamé, y me agaché a recogerlo.

Grigori también se había agachado y ya tenía el libro en sus manos. Igual que en el Magnolia, el tiempo se detuvo. Estábamos muy cerca el uno del otro. Sólo podía ver sus ojos, sus misteriosos, oscuros, serios y preciosos ojos. El soltó el libro. Como una brisa de invierno posó su mano en mi mejilla y la fue bajando hasta mi cuello. Sentí su pulgar palpando mis latidos, bajó la mirada, algo en sus ojos habían cambiado, se habían vuelto más… rojizos. Tragó saliva y apretó la mandíbula. Su respiración se aceleró y dio un paso hacia atrás tan repentinamente. Me asusté por esa reacción. Nos miramos de nuevo, él retrocedió hasta la chimenea y se dio la vuelta confundido. Sólo se oía el crepitar del fuego. No entendía qué había pasado. Mi corazón latía con fuerza. No sabía si echarme a reír, estaba tan confundido.

-Ha parado de llover -dijo-, recoge tus cosas y espérame afuera, voy por la Blade.

Fue como un balde de agua fría, parecía que huyera de mí. Me dejó al borde de un abismo. Mira por ventana. Era verdad, había parado de llover y ya estaba anocheciendo. Cuando salí de la mansión, Alexandre ya me esperaba montado en la moto.

Me tendió una chaqueta y un casco.
-Ponte esto o te resfriarás -dijo.
-¿Y tú? –le pregunte poniéndome la chaqueta.
Poco faltó para que me temblara la voz. Fuera lo que fuese, lo que había ocurrido antes ahí adentro ya era agua pasada.
-Yo no me calé hasta los huesos -dijo encogiéndose de hombros-. ¿Quieres que lleve tu mochila?

Conociendo su manera de conducir, no lo dude y preferí dársela. Me agarré fuerte a él, todavía estaba algo aturdido. ¿Cómo podía seguir como si nada? Era como si tuviera un interruptor de apagado o fuera otra persona. Quizá sufría de un tipo de desdoblamiento de personalidad o algo parecido. ¿Sera por eso que dice que es peligroso estar a su lado? ¡Qué tontería! Corrió como un loco a pesar del asfalto mojado. Me aferré a él y me consolé con que esta vez por lo menos llevaba casco. No frenó hasta que llegamos a mi casa.

-Gracias por traerme.
-Una cosa…-carraspeó-. Me gustaría que no le dijeras a nadie dónde vivo.
Sonaba a súplica, las sorpresas parecían no tener fin.
-¿No quieres que vaya a visitarte Roseline? -dije contento-. ¿O tus ex?
-Entre otras cosas -contestó-. ¿Guardarás el secreto?
En las primeras horas de la noche, sus ojos seguían siendo misteriosos y oscuros. Parecía estar más pálido que de costumbre además que tenía ojeras.
-Esta bien, no se lo diré a nadie –respondí. 
No podía creerlo, Alexandre Grigori me sonrió y no de manera arrogante o sarcástica, sino de forma agradecida y cariñosa. Su sonrisa además de hermosa tenía un aire muy cansado.
-Gracias.
-De nada -contesté cohibido-, hasta el lunes.
-¿Lunes?
-En clase de literatura inglesa.
-Ah, claro -dijo-, ya veremos.

Nos alumbraron los faros de un coche. Pude reconocer el Mustang rojo de Roland. Se paró en frente de nosotros. Grigori me dedicó una breve mirada, se puso el casco y aceleró. Seguí la luz roja hasta perderle de vista. Era una locura, pero me dio vértigo pensar en la clase del señor Finn.

-¿Ese no era Grigori? -preguntó Roland, enarcando una ceja.
-Hola, Roland. Yo estoy bien ¿y tú? -dije dándome la vuelta-. Y sí, era Alexandre.
Me miró de arriba abajo. Noto los tejanos negros y el jersey desconocidos demasiado grandes. Tras sacar sus propias conclusiones, me miró con desaprobación. Se me subieron los colores a la cara y apreté mi mochila contra mi pecho.
-No es lo que piensas -jure.
Me hizo otro repaso con la mirada y apreté más la mochila contra mí cuerpo. Me alcanzó una bobina de CD.
-Los tenía Jake -dijo-; como venía de paso me pidió que te los devolviera.
-Gracias –los cogí sin mirarlo.
-¿Te apetece venir esta noche conmigo al cine? -preguntó en un tono brusco.
Me le quede mirando un tanto sorprendido. Si fueran en otras circunstancias habría aceptado, pero esta noche no tenía ganas de salir con nadie, así que negué con la cabeza.
-No lo tomes a mal –le dije-, pero hoy no me siento muy bien que digamos.
Y no era del todo falso. En realidad no estaba bien. Roland apretó los labios.
-Bueno, en otro momento será -dijo con una sonrisa un tanto forzada-. Nos vemos el lunes Christian.
¿Christian? Roland nunca me dice así a no ser que este molesto y algo me decía que lo estaba por mi rechazo.

Su coche arrancó y esperé hasta perderlo de vista antes de entrar a casa. Subí directamente a mi cuarto, no deseaba encontrarme con Gustav. No hacía falta que el también me viera con la ropa de Alexandre. Eso sería la guinda del pastel. Seguramente me haría preguntas que yo no sabría cómo responder.

No respiré tranquilo hasta que estuve ya en mi habitación. Cuando cerré la puerta me flaquearon las piernas y el nudo que tenía en el estómago creció aun más. Me tiré en la cama, no podía dejar de recordar lo que había pasado esta tarde. Quizá una ducha me despejaría un poco. En la bañera, envuelto en una nube de vapor, me quedé embobado mirando las baldosas. Seguía con ese nudo en el estómago y con esa opresión en el pecho. Salí de la bañera, me sequé rápidamente y una vez ya en mi habitación puse mi CD favorito. Al son de la música, que ya comenzaba a inundar el cuarto, me lance de nuevo a la cama y abracé una de mis almohadas. Cerca de mis pies estaba la ropa de Alexandre tirada. Me quedé mirándolo fijamente un buen rato. Cogí el jersey y acaricié la lana una y otra vez. Un sonido me saco de mi trance, era Gus llamándome a cenar. Le respondía algo que en realidad no sé si fue una afirmación. No tenía hambre. 

En el caos de mi cabeza solo había tres cosas que me quedaban claras: 

1) Que me había enamorado de Alexandre Grigori
2) Que tendría que vivir con eso por el resto de mi vida
3) Y que el chico que no me quería ni un poco cerca 

Las nubes negras que me persiguieron desde el rechazo de Alexandre me acosaron hasta que el cansancio pudo salvarme de una noche de insomnio.

Cuando desperté note que había pasado toda la noche abrazado a mi almohada. Al moverme un poco me vinieron a la mente las imágenes borrosas del sueño que tuve anoche con Alexandre, donde él me miraba con sus ojos brillantes mientras yo dormía. Me desperté con los pies fríos, apenas me tapaba la cobija. Otra vez me dolían las encías, y él un nudo en mi estómago aun estaba ahí. Fui al baño, tenía ojeras de campeonato. Baje a la cocina me hice un té y después regresé a la cama. Por suerte Gus había salido, no tenía ganas de hablar con nadie.

Vi la ropa de Alexandre, que ahora estaba sobre la cama y me hundí aun más en la miseria. Estaba enamorado de ese pedante y él ni siquiera quería ver o saber de mí. No tenía idea que hacer con todo lo que sentía. Era la primera vez que me enamoraba. Dando sorbos a mi té me quedé mirando el jersey y los tejanos; no podía seguir así, tenía que quitármelo de la cabeza y cuanto antes mejor. Aproveché que Gustav no estaba en casa, tomé la ropa de Alexandre y la metí en la lavadora. El no debían enterarse que había llegado a casa con otra ropa. Ya había sido suficiente con la cara que Roland había puesto. Si se enteraba mi tío, seguramente se me caería todo el cabello.

Sonó la melodía del móvil, era Zak, me invitaba a su casa para que viera lo que se había comprado en la tienda de electrónicos. Aunque no tenía muchas ganas de salir. Pensé que hablar de algo que no tuviera que ver con Grigori me haría olvidar lo que había pasado ayer.

En casa de Zak ya estaban poniendo la mesa así que me invitaron a comer, por cortesía acepte, pero no tenía nada de hambre. Su madre hizo un farfalle con salsa de espinacas, ajo y crema, pero me sentaron mal y tuve que salir corriendo al baño. La madre de Zak me miró con lástima cuando volví y rechacé su propuesta de llevarme a casa. Me dieron unas gotas para el dolor de estómago, me prepararon una bolsa de agua caliente y me taparon en el sofá de la habitación de Zak con una manta de lana. Para distraerme, Zak me contó con pelos y señales todas las peripecias que hizo para librarse de acompañar a su madre a entrar a todas las tiendas de mujeres, mientras me mostraba las cosas que se había comprado. Escuchábamos sus CD’s nuevos y vimos un poco de tele, también hablamos sobre la fiesta de Halloween y a quiénes íbamos a invitar. Cuando entramos a ese tema la imagen de Alexandre cruzó por mi mente. Tan rápido como había llegado así se esfumo.

Zak había escuchado que finalmente la fiesta se iba a realizar en el gimnasio de la escuela y no en el Magnolia una vez que asumieron que no era seguro para nadie. Fue una tarde divertida, pero eso no consiguió hacer que me olvidara de Grigori. Mi amigo me pilló varias veces mirando la pared de forma ausente y cada vez que preguntaba qué era lo que me sucedía, le mentía respondiéndole que no me pasaba nada y que todo estaba bien. Un sentimiento de culpa me asalto, odiaba mentirle a Zak.

Cuando la conversación desembocó en quien nos atraía más y a quien queríamos invitar al baile, pensé que lo mejor era irme despidiendo.

Tuve que convencer a su madre de que estaba bien y que no necesitaba que me llevaran. De camino a casa pasé por la mansión. Me había llevado las cosas de Alexandre cuando fui a la casa de Zak. Tenía pensado pasar y entregarle su ropa. Mientras caminaba directo a la mansión me pareció ver una sobra entre los viejos arces, pero iba demasiado preocupado como para ver de qué se trataba. Con cada paso que daba, mi corazón latía más fuertemente, y el zumbido de mis oídos no me dejaba pensar bien. Mi estómago aun seguía revuelto. Cuando estuve en frente de la gran puerta llamé varias veces pero nadie me abrió. No me iría sin pelear, era un chico muy persistente. Volví a llamar y esperé. Nada. Intenté abrirla, pero estaba cerrada. Di la vuelta y mire por la ventana, todo estaba igual como en el día anterior. Inexplicablemente reanude el camino a casa. Se me olvidó dejarle su ropa en la puerta. Ya se la devolvería mañana en la escuela.

Esa noche volví a soñar con Alexandre Grigori. Estaba al pie en la cama y esta vez me miraba impasible.

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