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Para todos los que me escriben al Formspring
y quieren saber que paso con lo que me preguntaron y si Yo les respondí.
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"El Beso De Un Vampiro"

Christian Summers era un chico normal que odiaba las matematicas, amaba los panqueques sobre cualquier cosa en el mundo y le gustaban las casas antiguas. Para él, su vida era perfecta hasta que conoció al promiscuo y muy popular Alexandre Grigori.
Un pequeño accidente en la que este le salva la vida y un encuentro, para no decir extraño, con un hombre desconocido; harán que Chris se pregunte ¿qué hay detrás de esas gafas oscuras y esa cara de ángel?. Sin detenerse a pensar en las consecuencias buscara respuestas a toda costa.
Muchos secretos por descubrir..
Muchas verdades por saber..
Y un amor que comenzara a nacer..
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08 noviembre 2010

El Beso De Un Vampiro | Capitulo 1 “Día de pelicula”


Nunca me había puesto a pensar en algo peor que las Matemáticas, pero ese día, al escuchar la famosa frase que todos los estudiantes odiamos: “Mañana habrá examen, así que espero que estudien”. Fue lo peor que hubiera escuchado. Jamás -desde que era pequeño- las matemáticas se me dieron, y de sólo pensar que tenía que estudiar, me daba dolor de cabeza. Siempre salía mal en esos exámenes, a veces hasta no respondía ningún ejercicio, en fin era horrible.

En cada clase siempre envidiaba a Roland, para él las matemáticas eran como pan comido, pero para mí, sólo eran números, ecuaciones y fórmulas sin sentido, en pocas palabras, un tormento.

Mis ojos se abrieron perezosamente al escuchar la alarma de mi reloj sonar, me incorporé en mi asiento quedando sentado y la apagué. De nuevo -como en cada mañana- me dolían mis encías, que comenzaban a dolerme mucho más cada vez que pensaba en ese terrible examen. Me metí a bañar, dejando que todos esos pensamientos de  números insufribles, corrieran junto con el agua. Salí del baño y comencé a secar mi cabello rubio -que siempre estaba despeinado en las mañanas-. Me di la vuelta buscando alguna ropa para ponerme, me encontré con mis bermudas de playa y una camiseta sin mangas, un sentimiento de nostalgia me invadió al ver que había llegado el otoño. Poco tiempo después opté por ponerme mi camisa roja junto con un pantalón negro, miré por la ventana notando que el sol estaba más que radiante, aunque brillara sabía que iba a ser un día de otoño fresco, así que tomé mi chaqueta negra y me la puse encima.

Al bajar me encontré con Gustav, el hombre que se encarga de mí y cuida la casa.

-Buenos días, Chris -me dijo sonriente.

Yo le salude con una gran sonrisa para después ver mi desayuno en la mesa del comedor. Tomé mi té de un trago y pasé de largo mis hot cakes -por los que ayer hubiera matado, pero no hoy- No tenía tiempo, lo más seguro es que se me hacía tarde para el colegio, así que salí pintada junto con el “Pero, Christian…” de Gus como fondo.

Me acerqué al garage encontrándome con mi adorable Audi azul plateado.

-Buenos días, joven Christian -dijo Ethan desde el asiento del conductor de mi Audi-, ¿quieres que te lleve en el Rolls?

Ethan era el último eslabón de la cadena de pesados que mi tío había puesto a mi servicio. Este hombre alto de cuerpo musculoso de cabello parado y negro era el mayordomo, el chofer y además mi guardaespaldas. Por suerte, era el único que tenía buen humor y que además de eso, era el único que soportaba que le gritara “Deja de seguirme día y noche” o el “No quiero que me lleves enel Rolls Royce” -ese carro negro y cromado, que siempre se estacionaba al lado de mi Audi-.

Hace ya dos meses había tenido una fuerte discusión con mi tío sobre aquel tema, le había dicho por teléfono –gritándole- que ya no quería más sobreprotección de su parte, que ya estaba harto de que diez guardaespaldas me siguieran a cada lugar que iba, al fin y al cabo, no era el a quien  miraban raro cada vez que llegaba a la escuela con ese monstruoso carro, y  como tampoco era él el que se aguantaba las pequeñas bromitas pesadas por parte de sus amigos, además de que tampoco era él el que carecía de ellos, después de eso le colgué el teléfono. En la noche cuando llegó, mi tío fue a mi cuarto, se sentó en mi cama y hablamos sobre aquello, llegando a la conclusión de que sólo me quedaría con Ethan.

Entendía su preocupación por mi, cuando era niño él me había hablado sobre lo que le había sucedido a mis padres -ellos fueron asesinados en uno de sus viajes- y desde ese entonces mi tío me adopto, cuidándome demasiado, con el miedo a que me pudiera suceder algo así. Mi tío era el hermanastro de mi padre, el me había dicho una vez que él era su consentido y lo había querido como si fuera su hermano de sangre, por eso siempre tiene esa sobreprotección sobre mi, ya que dice que me parezco mucho a él, por lo tanto nunca dejaría que me sucediera algo. Estos últimos días no lo había visto ya que se encontraba en unos de sus muchos viajes de negocios.

-No gracias, prefiero ir solo.

Ethan me abrió la puerta del auto y entré, lancé mi mochila en el asiento de atrás y se desparramaron todos mis libros, lo que me faltaba. Los ignoré y salí a toda marcha.

Para colmo, seguramente este día tenía la ley de Murphy: cada que me acercaba a un semáforo, este se ponía en rojo, cada vez que me acercaba a un paso peatonal, pasaba una larga fila de preescolares agarrados de dos en dos, y lo peor, que al ponerme en un carril, no me di cuenta de un motorizado y me llevé un buen susto, pero al fin y al cabo el ni me hizo caso y siguió a toda velocidad.

Al llegar al instituto, busqué un lugar y me estacioné, al bajar tuve que poner todos los libros tirados dentro de mi mochila y me eché a correr hasta el aula de matemáticas.

Una vez que llegue al aula me dejé caer en el asiento, había rozado el timbre y al poco tiempo apareció el profesor Sanderson. Clementine Richards me dio ánimos con una sonrisa. Se sentaba conmigo en clases y era una de las pocas a las que consideraba como una verdadera amiga. Ella conocía mis problemas de matemáticas como nadie en este mundo. Antes de que Clem -como le decía de cariño- pudiera hablarme, el profesor Sanderson ordenó silencio y entregó los exámenes.

Durante toda la hora que duro el examen -me rompí la cabeza pensando en como sacaría todas esas ecuaciones- hasta que al fin sonó la campana, ahí pude respirar tranquilo, mi gran tortura por fin había terminado. Guardé la calculadora y mi estuche y salí del aula. Buscaba con la mirada un asiento, una vez que lo encontré me senté y encogí mis piernas que pronto fueron abrazadas por mis brazos.

-No pudo haberte ido tan mal, lo terminaste -me dijo Clem-. Lo que estudiamos ayer, debió de haberte servido de algo.

Se acercó más y se sentó a mi lado poniendo una mano sobre mi hombro en señal de apoyo.

En realidad eso no me animó en lo más mínimo. Sino sacaba por lo menos un 7 tendría que pasarme todos los días estudiando y eso era lo menos que quería.

Clem se inclinó para ver que sucedía en el pasillo y no pude evitar embozar una sonrisa.

-Vaya, vaya, Roseline lo ha conseguido. ¿Cuánto tiempo crees que tardará en devorarlo? -dijo alargando el cuello- ¿No deberíamos hacer algo para librarlo de sus garras?

Quien hubiera dicho que la niña linda con cara de muñeca de porcelana y grandes ojos perlados y hermosos hablaría así de una compañera de clase, pero cuando se trataba de Roseline Hadaway, Clem se convertía en todo un monstruo. Lo más gracioso era que Clementine y la belleza pelirroja, habían estudiado juntas desde que eran muy pequeñas y nunca se llevaron lo suficiente bien como para que Clem dejara de hablar así de ella -lo único que hacía era alejarse lo mas posible de la chica- y por otra parte, Roseline cambiaba de novio como si fueran pantalones. Su última víctima se llamaba Alexandre Grigori, era nuevo  aquí en Cross. Era alto, delgado y peligrosamente atractivo, sí lo acepto, soy bisexual, sin embargo a nadie le importaba el hecho de ser heterosexual, homosexual o bisexual aquí en Cross, pero bueno nos estamos saliendo del tema principal. Alexandre era de pelo negro que contrastaba con su cara pálida. Siempre llevaba gafas oscuras -algo que no se quitaba ni en clase- tampoco podían disimular esos rasgos de perfección que sólo se esperan ver en la gran pantalla. Alexandre Grigori poseía una belleza clásica, pero inquietante a la vez, parecía unos dos o tres años mayor que los demás. Según los rumores, decían que él había estado en un reformatorio.

Ni Clem ni yo teníamos alguna clase con él, pero Roland -quien formaba parte de mi grupo de amigos- si le tocaba algunas, como eran, física, historia y deporte, nos explicó que era arrogante, orgulloso, arisco y solitario. La mayoría de los alumnos lo trataba con cautela y respeto, sobre todo después  de que en la primera clase de deporte le rompiera la muñeca a Jake Akerman jugando voleibol, según Jake, sólo fue un accidente, el explicó que intentaba recibir el saque de Grigori, pero de lo fuerte que iba le rompió la muñeca, también nos dijo que cada vez que sacaba Grigori todo el equipo se ponía nervioso. También escuché que el era muy buen espadachín, tanto que no lo batía ni el entrenador, sin embargo había escuchado también que había rechazado entrar al equipo oficial de esgrima, lo que alegraba a Roland, que había sido el mejor espadachín hasta la llegada de Grigori.

Yo no había hablado con él nunca. Tan sólo nos habíamos cruzado un par de veces por el pasillo y tampoco lo veía a la hora de comer en la cafetería, parecía que no quería tener ninguna relación con ninguno ser humano.

Aunque su manera de ser lo mantenía alejado de la gran mayoría, su táctica no acababa de funcionar con Roseline Hadaway. En cuanto lo vio, Roseline lo añadió a su lista de propósitos; de hecho, lo puso en el primer lugar.

Aquel mismo día había empezado la caza de Rose, y en ese momento lo tenía acorralado. Los brazos de Roseline -alrededor de sus libros- apenas se distanciaban unos centímetros de Alexandre que estaba acorralado contra la pared. Roseline se acarició su cabello rojo y rio -su risa resonó  por todo el pasillo-.

Al contrario de Clem: yo no pensaba en salvarlo de Roseline. Eran el uno para el otro.

Enseguida dos chicos nos taparon la vista.

-¿Qué tal? ¿Cómo les ha ido? -pregunto Roland sonriendo y colocándose la mochila que traía en el hombro.

Jake jugaba con la tela que sostenía su brazo enyesado. Nos saludo asintiendo con la cabeza.

-¿Cómo quieres que me haya ido? Pues mal.

Estiré los brazos por encima de mis rodillas y bajé la mirada, incómodo.

Roland -el genio de las matemáticas y la informática- chasqueó la lengua.

-Pensaba que habías estudiado con Clem -dijo extrañado.

En el año anterior habíamos comprendido que su paciencia no alcanzaba para enseñarme. Siempre acabábamos peleados y enfadados. Sus clases de repaso eran desinteresadas y además eran todo un desastre.

-Y así fue -dijo Clementine antes de que yo pudiera responder para mi defensa-. Es un exagerado, esta vez acabó todos los ejercicios. Roland, hazme el favor, sal de en medio, ¿quieres?

Algo desconcertado, Roland dio un paso a la izquierda y miró a la misma dirección que Clem. No pudo disimular su sorpresa y comenzó a prestar atención a la escena. Jake, a su lado, pareció quedarse sin aliento. Yo también presté atención a la escena que sucedía en ese momento en el pasillo, y por un momento creí tener alucinaciones. Si antes Grigori estaba contra la pared, ahora era Roseline quien se encontraba acorralada con las largas piernas de él, Roseline, seguía abrazando sus libros, pero ahora como si se le fuera la vida en ello. Grigori apoyaba el codo contra la pared y estaba tan cerca de ella que apenas los separaba unos centímetros. Su otra mano jugueteaba recorriendo sus libros, su cuello y el escote de su blusa. No se veía bien lo que le hacía. Él pronunció algo, y Roseline lo miró como hechizada, tragó saliva abrumada, cerró los ojos y apoyó la cabeza en la pared. Grigori hizo un amago de besarla, pero se apartó de ella con una sonrisa burlona, lanzo una breve mirada a nuestro grupo, para después alejarse, con esa actitud de burla que lo caracterizaba -no se si estoy loco- pero me pareció reconocer en su rostro, cuando se alejaba, que esa actitud sínica se había mezclado con una de amargura y frustración, además de algo de ira. Solo bastaba con verlo caminar para advertir su enojo.

A Roseline se le cayeron todos los libros, se desparramaron por el suelo. Excitada miraba a Grigori irse. Luego hecho un vistazo por su alrededor, recogió sus libros con torpeza y se fue a otra dirección. Desde que llegué al instituto nunca había visto que un chico tratara así a Roseline.

-¡Por Dios! -dijo Jake-. Parecía que la iba a… aquí mismo -murmuró sonrojándose.

Clem asintió.

-¿Que parecía que qué?

El primo de Clem, Zak, se nos acercó. A pesar de que tenían padres distintos, se parecían demasiado, los dos tenían los ojos perlados, pelo liso y oscuro. Zak normalmente se amarraba la punta de su largo cabello, lo que le resaltaba sus lindas facciones. Fue uno de los mejores amigos de Roseline, aunque no lo crean, hasta que ella comenzó a cambiar a la vez que crecía, para ahora convertirse en toda una señorita.

-Grigori casi la… -balbuceó Jake-. Ya sabes.

-No, no sé -respondió Zak, y lo miró interrogante-. ¿Qué pasa?

-Bueno, parecía que la iba a…-dijo y carraspeó buscando apoyo de su amigo.

-La tenía contra la pared -añadió Roland-, y parecía tener la intención de darle algo más que un simple beso; aquí, y delante de todo el mundo.

-Oh -dijo Zak abriendo demasiado los ojos -Vaya, vaya.

Zak miró a  el lugar donde había sucedido todo, para después volver a vernos.

-¿Y qué ha pasado? -preguntó.

-Nada -contestó Roland encogiéndose de hombros-. Se fue y la dejó ahí plantada.

Los ojos de Zak se abrieron aún más, y su boca ya entreabierta, dibujó una sonrisa.

-¿Y lo ha visto todo el mundo?, pobre Rose. Este tipo me cae bien -dijo sin ocultar su satisfacción. Carraspeó claramente - A lo que venía. Gente, tenemos un pequeño problema -dijo mirando a su prima-;  mi mamá me acaba de mandar un mensaje que tiene un gran dolor de cabeza y que si no podríamos ver en otro lugar las películas.

Roland maldijo entre dientes y Zak nos miró esperando una respuesta. Hacía más de una semana que habíamos planeado todo y nadie quería desechar el plan.

-A mi abuela no le importaría si fuéramos -dijo Clem -hoy a quedado con sus amigas, el problema es que nuestra tele es pequeña.

Clem, desde que sus padres se separaron había estado viviendo con su abuela, una viejecita muy linda y simpática que quería mucho a su nieta más que nada en el mundo. La casa era pequeña, pero por lo menos las dos cabían perfectamente. Para aportar algo de dinero a la escasa renta de su abuela, Clem trabajaba como camarera tres días a la semana en El Bronce, un restaurante-club que había abierto hacía ya algunos meses.

-Podríamos ir a mi casa, mis padres no están -propuso Roland-, y el ampli de mi papá ya está reparado.

-¡Sí! -dijo Jake emocionado-. Tema solucionado. ¿Qué peli veremos?

Intercambiamos miradas, Roland se encogió de hombros.

-¿Les apetece una noche de terror? -preguntó Zak-. Dentro de poco es Halloween.

-Buena idea. Yo me encargo de los DVD -dijo Jake-. ¿Entonces quienes van a ir? -preguntó interesado.

-¿Pueden venir Taylor y Max? –preguntó Roland.

Taylor era primo de Roseline, era un año mayor que ella. Él y Roland se la pasaban juntos todo el tiempo -montando y desmontando ordenadores- eran muy buenos amigos. Que su prima fuera una arrogante y pesada, no le quitaba el hecho de que él fuera más bien tímido, amable y que tuviera una sonrisa muy amplia. Pese a los intentos de Roseline de emparejarlo con una de sus amigas había sido un total fracaso.

Max, el segundo capitán de esgrima  después de Roland, era de estatura mediana, y delgado, tenía un humor divertido y feliz. Había sido víctima de Roseline antes de que Grigori entrara al instituto.

El timbre marcó el final de la pausa y el pasillo se vació de alumnos. Terminamos de planear la noche de películas y salimos de prisa y corriendo. Naturalmente nadie tenía ningún problema en que Taylor y Max fueran, asi que quedamos a las siete en casa de Roland. Clem, Zak y yo quedamos en que llevaríamos palomitas y otras comidas, y Roland, Jake y los otros dos se encargarían de llevar los DVD, la bebida y bolsas de papas fritas.  Tenía que apurarme sino quería llegar tarde a mi clase de física. La profesora Amber me miró con desaprobación a pesar de que ella también estaba de camino al aula.

Al terminar las clases volví a mi auto -bajó el sol de mediodía-, me di cuenta de que por la mañana me había olvidado de mi chaqueta, la cual habia dejado en el carro al entrar –me la habia quitado y la habia dejado en el asiento del copiloto-. Me empezaron a picar los brazos; si no andaba con cuidado, por la noche iba a parecer una langosta. “Un tipo de leve alergia al sol”, había sido el diagnóstico del médico. Si la cosa empeoraba podría llegarme a aparecer ampollas. El calor y la sensibilidad extrema no eran para tanto, pero los picores me exasperaban. Quizá debía agradecerle a mi tío que me hubiera traído a Rutland y no a un lugar más caluroso y soleado.

Mi ciudad estaba algo alejada del “mundo civilizado”, pero -además de un pequeño centro comercial donde se compraba muy a gusto, un par de clubes donde ponían buena música y un cine no muy atrasado en comparación con los de las cuidades grandes- tenía justo lo que se necesitaba: bosques interminables, ideales para hacer largas caminatas. Mi casa se encontraba en las afueras, justo donde empezaba la arboleda. Más allá estaba la mansión Hulten, cuyo terreno colindaba con el nuestro y tenía arces centenarios rodeando el lago que reflejaba las nubes y adónde iba a nadar a menudo en verano. La casa debía de tener más de cien años y hacía veinte que estaba abandonada. Lo sabía por la abuela de Clem. Parecía no tener dueño y si lo tenía no parecía importarle que estuviera en ruinas. Me dolía en el alma por que me encantaba ese tipo de casas o mansiones, me gustaba la elegancia atemporal que emanaba, con sus altas ventanas en ambos pisos y la generosa veranda de columnas que rodeaba la vivienda.

De vuelta a casa pasé por la verdulería a la que siempre iba Clementine y compré un par de ingredientes para hacer espaguetis a la boloñesa. En la entrada estaba el mounstroso Rolls Royce que mi tío, que siempre utilizaba cuando estaba por aquí. Por el portón entreabierto divisé el morro de el Mercedes que normalmente conducía Gus y Ethan. Este último siempre estaba lavando y puliendo el Rolls -como cada semana- y me saludó con la mano.

-Déjalo ahí -dijo refiriéndose a mi Audi -cuando acabe con éste, me pongo con el tuyo.

-Pero lo necesitaré esta tarde.

-No te preocupes, pequeño, esta tarde lo tendrás más que listo. ¿Adónde vas?

-Noche de cine en casa de Roland, quizá llegue tarde.

El pelinegro frunció el ceño.

-¿Quieres que te lleve?

-Gracias, pero prefiero ir solo. -dije un poco incómodo.

-Como quieras.

Entré al recibidor y cerré la puerta con la certeza de que Ethan andaría cerca de la casa de Roland esa noche.

Mi casa era muy grande, la cocina estaba equipada con los utensilios más adelantados que habían en esta pequeña cuidad, la sala era totalmente inmensa ya que mi tío siempre estaba ahí con sus socios, el tenía su propio despacho, habían como cinco baños en toda mi gran casa, Gus tenía su propio cuarto en el segundo piso mientras que Ethan tenía su propio departamento arriba del garage, en el cual se estacionaban cuatro autos de último modelo contando con mi Audi y el Rolls, mi tío también tiene su cuarto, a el que muy pocas veces he entrado, mi parte favorita es mi reino, mi mundo, mi cuarto, contaba con mi propio baño, además de que el decorado de mi cuarto yo lo había diseñado, era mi propio estilo, además de todo esto teníamos dos cuartos para los huéspedes. Aunque en realidad la sobreprotección de mi tío abarcaba mi casa entera y más de esta, ya que aunque tuviéramos dos cuartos para huéspedes el nunca me había dejado traer a ningúnos de mis amigos y también el no dejaba hospedarse a alguno de sus socios y todo esto para protegerme.

Llevé la compra a la cocina. Gustav estaba cocinando -me saludó con una jovial sonrisa-. Olía de maravilla, a pan recién hecho, y sobre la mesa me esperaba mi taza de té preferido. Me lo había traído mi tío Vladimir, aunque no quería decirme de dónde. No le gustaba a nadie más, pero yo ya me había vuelto adicta a su sabor y a su fuerte  aroma -una delicia difícil de describir-. Era el único remedio para mi dolor de encías matutino -que era tan agudo-  parecía que me fueran a arrancar los dientes de raíz, y que además se extendían por toda la mandíbula. Gus me ayudó a cortar todos los ingredientes para la pasta.

Subí a mi cuarto y me puse con los deberes. El ejercicio de biología me llevó demasiado tiempo que casi se me pasaba la hora, pero un poco antes de la seis y media salí hacia la casa de Roland.

Jake y Zak ya habían llegado, habían un montón de DVD’s delante de aquel impresionante  equipo de “cine en casa” -el orgullo del padre de Roland-. Estaba saludando a Zak y Clem cuando Taylor llegó y entró, casi me da un infarto cuando vi entrar detrás de él a Roseline. Taylor no podía disimular su malestar, y Roland se quedó sin aliento.

-Taylor me dijo que no les importaría -dijo Raseline dejando atrás a su primo y cogiendo una papa frita.

Roland y yo miramos a Taylor -que bajó la vista-.

-¿Qué no nos importaría? ¿Acaso estás loco? -dijo en voz alta Roland.

-No pude evitarlo, de verdad, pero es que… -contestó Taylor a la defensiva.

Tragó saliva y miró hacia el salón, adónde había ido Rose y de donde venía Zak ahora muy asustado.

-Por favor -dijo Taylor antes de que también Zak se le echara encima-, no quería que viniera, pero me hizo chantaje.

-¿Chantaje? -Zak lo miró incisiva.

Jake estaba apoyado en la escalera.

-Sí -asintió él infeliz-, ¿te acuerdas del virus que creamos?, chantajeó con contárselo a mis padres…y a la directora Charlotte.

Zak y yo nos miramos, luego Taylor y Roland. Hacía unas semanas que los ordenadores del instituto habían quedado inutilizables por un virus desconocido. No se perdieron datos pero estuvieron tres días sin funcionar hasta que por fin lograron arreglarlos. La directora, la directora Charlotte, se enfadó muchísimo y amenazó con el peor castigo a los responsables, pero nunca se supo quienes fueron. Nosotros sabíamos quien lo había hecho y también sabíamos que eran tan buenos con los ordenadores, pero ¿tanto?

-Y ¿cómo pudo saber…-dijo Roland malhumorado-. Bueno, ¿y a que viene?

-No sé -contestó Taylor meneando la cabeza-, me parece que tiene que ver con Grigori, está loca por él. Me obligó a meterme en el sistema de la escuela para sacar su dirección- explicó, y sonrió inseguro encogiéndose de hombros-. Pero la buena de la directora Winchester aún no ha introducido sus datos, por lo menos yo no encontré nada. Le busqué hasta en Internet. Tendrán que haberla oído cuando sólo encontré un par de artículos sobre unos equilibristas del siglo diecinueve.

-¿No le dijiste que Grigori no vendría? -dijo Roland frunciendo el ceño.

-Ya lo sabía -contestó Taylor-, pero creo que va tras de Max. Al principio no quería venir pero cuando mi mamá me preguntó quienes iban a estar  y oyó su nombre, no me dejó en paz.

-¿Max? -dijo Roland con cara de no entender-. Pero ¿no le gustaba Grigori?

-Claro, pero quiere ponerlo celoso con él, típico de Rose.

Nos miramos.

-Supongo que no soy el único -dijo Taylor con una sonrisa- que piensa que Grigori no va ha caer en esa trampa.

Entramos juntos al salón, donde Roseline estaba de lo más cómoda en el sofá. Como si hubiéramos hecho un pacto, todos fuimos amables con ella. Pero no le hicimos mucho caso.

Poco tiempo después, Roland recibió a Max, que llegó diez minutos tarde, y le puso al corriente de todo. Sólo faltaba Clem. A las siete y cuarto comencé a preocuparme ya que no era normal que Clementine se retrasara tanto. A la única que no le importaba era a Roseline. Un poco antes de la siete y media, Roland llamó a su casa sin suerte, y en su móvil salía el contestador. Estaba anocheciendo. Me acerqué a la ventana y observé los coches que pasaban por la calle. Zak propuso elegir la película para que cuando llegara Clem, no perderiamos más tiempo. Decidimos por unanimidad elegir Drácula de Francis Ford Coppola.

Roland subió a su cuarto a buscar algo, pero cuando bajó las escaleras un faro  ilumino la entrada de su casa. Zak y yo, que estábamos ya con la puerta abierta lista para recibir a Clem, nos quedamos de piedra al darnos cuenta quien era el conductor.

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